¿Qué tienen en común los microorganismos que habitan en la Antártica y en el desierto de Atacama?, es una de las tantas preguntas que surgen entre seres de territorios totalmente distintos: uno desértico y con mucho calor durante el día, en el norte de Chile; y otro con nieve, hielo y mucho frío, al final del mundo. Para comprender estas similitudes y diferencias PAR Explora Antofagasta, consultó a científicos dedicados a investigar estos extremófilos.
El Dr. Paris Lavín, profesor asisente de Biotecnología de Universidad de Antofagasta (UA), explicó que un microorganismo “corresponde a todos los organismos que no podemos ver a simple vista y que necesitamos obligatoriamente el uso de instrumentos como el microscopio para poder visualizar su forma”.
Lavín también dijo que los ambientes mencionados son extremos, debido a escasa disponibilidad de agua y las oscilaciones térmicas que presentan. En el caso del desierto van entre 45°C y -25°C, mientra que la antártica presenta variaciones entre 18,3°C y -89.2°C. A esto sumamos la sequedad, radiación UV y las altas concentraciones de metales pesados.
“Por lo tanto, en ambos casos vamos a encontrar mayoritariamente microorganismos capaces de formar estructuras de resistencias, como esporas, que les permiten esperar que las condiciones ambientales sean más propicias, al llegar a los rangos óptimos de temperatura para volver a la actividad. De forma general, podemos encontrar los mismos grupos de microorganismos predominantes viviendo en ambos ambientes”, dijo Lavín.
Por ello en el desierto predominan aquellos microorganismos capaces de vivir en temperaturas entre 10°C y 45°C, conocidos como microorganismos mesófilos. “Mientras que en Antártica encontraremos con mayor facilidad organismos que pueden vivir a temperaturas más bajas que rondan los 0ºC-15ºC, conocidos como microorganismos psicrófilos o psicrotolerantes”, explicó el científico de la UA.

Por su parte, el Dr. Gonzalo Barriga, virólogo del Instituto de Ciencias Biomédicas de la Universidad de Chile y director de Dr. Virus y los Invisibles, detalló que la característica que une a estos organismos es que son extremófilos, lo que les brinda la posibilidad de soportar cambios muy rudos en cuanto a temperaturas, radiaciones, desecación, humedad, etcétera.
Barriga también aclaró que los virus son microorganismos más pequeños que las bacterias, las cuales se pueden dividir, interactuar y comerse unas a otras, a diferencias de los primeros que necesitan de una célular para desarrollarse. En caso contrario un virus se considera, técnicamente, muerto.
“Pero si a este virus muerto yo lo tomo y lo pongo dentro de una célula, este virus se activa porque ahora tiene todas las herramientas para vivir y ahí se divide. Entonces, si yo pongo este virus en la Antártica lo más probable es que se mantenga en un estado estático o esperando por años a que de alguna forma logre encontrar todo el resto de maquinaria que necesita para dividirse. Entonces, es un buen lugar para mantenerse en el tiempo, sin mayores degradaciones”, dijo Barriga.
En ese contexto, el científico comentó que en 2013 se encontró en la Antártica un virus de influenza, cuyo pariente más cercano es de los años 60. “O sea, no existe en el mundo otro virus idéntico más que reportes antiguos de un virus de los años 60 de influenza. Entonces, eso significa que más o menos en esa época, probablemente colonias de humanos o animales que, de alguna forma, llegaron a Antártica y ese virus quedó atrapado allá y, obviamente, no ha salido, está ahí atrapado todavía. Es como una especie de zoológico o jaula para patógenos antiguos”.






